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viernes, 21 de septiembre de 2012

Rabia en la altanería.

Tomado de Google

Abrió las puertas del armario, donde las polillas pertrechadas de antiguos enconos devoraban los ropajes de antepasados y modas trasnochadas, y empapada en la montaña rusa de sobresaltos intempestivos, se dejó caer en la cama de barrotes de hierro colado.

Logró soñar tan vívidamente su encuentro carnal entre sabanas de percal, que despertó entre polillas que revoloteaban sobre su pelo y su cuello sudado del deseo impúdico de encontrarse con él.

La rabia de su altanería al saludarla había conseguido sólo un deseo alocado, intenso e irresistible de verle entre sus brazos. Con la enajenación de saber que su desprecio había encendido la llama de buscarle a cualquier precio, diseñó la lucha cuerpo a cuerpo que pretendía ganar.

No podía calcular las pérdidas que pudiera dejar por el camino de su victoria, que no entendía si no como acabar por llevarle a una pasión amatoria tan cargada de goces  irrepetibles, que él jamás pudiera olvidar.

El deseo de provocar un placer difícil de olvidar la hizo aventurarse por lecturas de meretrices francesas, temario de geishas y visionados de masajes de alto poder evocador.
Llegó a la conclusión de que, para volverle loco, le debía ignorar lo justo, no pedir nada jamás y entregar la mitad de lo que él pudiera pedir.

Exploró el talento de rozar sin llegar a tocar, dejar entrever sin mostrar y provocar suaves corrientes de aire en soplos lentos en lugares precisos.

Cuando él accedió a discutir en una cena un presupuesto ya cerrado, pronto se hizo evidente que podría rozar el cielo sin haberla tocado ni un centímetro de piel.

Ella entonces supo que la primera batalla estaba ganada.


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Asma en la siesta.


Había llegado al territorio de  la muerte, pero allí fue incapaz de soportar la inmensa soledad de no tener a mano a sus seres queridos, ni a las ves, ni a  las flores que alegraban su existencia. Pero lo que en verdad le dolía era la ausencia del silbido tenue del respirar de su amada.

Aún a sabiendas de que no había lugar para el regreso, su fidelidad a la vida hizo posible lo imposible,  y una tarde de Octubre se presentó en el dormitorio donde Amanda hacía su siesta entre vapores de eucalipto y pañuelos impregnados de espliego por los rincones del cuarto.
Se sentó en la mecedora de mimbre donde tantas horas pasara en contemplar sus sueños y sus denodados intentos de vencer un asma tan caprichoso como tenaz.

Amanda dormía entre suaves estridores, soñando su propia muerte. Vestía en el sueño un camisón con ribetes de encaje en puños y cuello y su cabello lucía trenzado a ambos lados de la cara. Estaba mirando la mecedora, que ocupaba Alfonso, con su eterno batín canela y sus ojos verdes enmarcados en las gafas de pasta. Hacía como que leía el libro que tantas veces recitara en voz alta para calmar su respiración agitada y su corazón al galope de una vida que habría de defender hasta que él la llamara, para descansar por siempre en la paz de un respirar profundo y sosegado de un amor eterno. 

Aquel que sólo él podría ofrecerla, hasta un poco más allá de la muerte.  

sábado, 15 de septiembre de 2012

Cumbre coronada por Eva y Pau


Me gusta ver la flores de la primavera en el final del verano. Las cumbres encumbradas de poesía y esas nubes asustadas y en huida  ante la pareja de aire de amapolas sobre un fondo verde de esperanza compartida.

Me gusta que el aire huela a simple aire. Que las cordadas de las nuevas vías tengan la seguridad de que uno está sujeto con un arnés de ternura y mosquetones de acero fundido a fuego de caricias.

Me gusta que las sonrisas se expandan ante los valles y las cimas, o  en el interior de un recinto de piedras que huele a historia con pasado y con futuro, ante un grupo de gente tan querida.

Me gusta ver de la mano, las manos de los amantes y la complicidad de las miradas limpias. Abriendo, con los nuevos anillos, los aros del círculo de amor que se desboca en el fuego de unos ojos, florecidos.

Me gusta que Eva sea la mujer que Pau ilumina, y que él apueste al As de corazones la carta de ruta de su mejor acometida.


Las cosas vienen y van, como los pases de baile que adornan sus cinturas, pero al final de los finales, lo que me gusta es la armonía de un vals sin tiempos muertos, en una galope sin fin, de feliz algarabía.

Me gusta que amor corone cumbres, abra brechas, y acabe por poner una bandera en la más cercana distancia de la luna.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Encuentros o desencuentros



Estuvieron discutiendo sobre las dimensiones, consecuencias y final  de su relación. Aunque no llegaron a poder definir de qué relación estaban hablando. Es decir, suponiendo que hubieran tenido una relación, y que ésta hubiera sido algo más que de buena amistad.

Coincidía de tan mal grado lo sentido con lo sucedido, lo dicho con lo interpretado y lo ocurrido con los recordado, que al final concluyeron que la relación entre ellos, quedó en cuatro breves encuentros... si es que llegaron a producirse.

En lo que sí coincidieron fue en la afirmación de una enorme ternura que acabaron recordando intacta, limpia de manoseo de palabras.

martes, 11 de septiembre de 2012

Salvando la luz.



Intentó poner a salvo del naufragio de la memoria ese sonido único del rumor de las rosas al abrirse. Ensopado por la lluvia interior de las goteras de recuerdos, quedó pendiente de la deriva de unos sueños ajenos.

Pasaron los años, los líquenes de la ausencia trenzaron densos espinos sobre el tronco de su corazón dormido, y cuando  un estruendo de tormenta contenida desoló la periferia de su atalaya, el espejo le devolvió la imagen de un rosal pletórico de unas luces encendidas, que ni las más negras nubes habían conseguido apagar.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Jugando con " antes o después....

Fue el empeño en aferrarse a una triquiñuela de los sentidos lo que les llevó a seguir ponderando las idealizadas virtudes e ignorar los defectos. Pero antes o después tendrían que acostarse, y entonces, las reverberaciones de ambos espejos insistirían en desnudar la verdad.

Se desnudó despacio. Cayeron, botón a botón, las defensas de su camisa. Más tarde desanduvo la cremallera de sus jeans y esperó en ropa interior, sobre la cama. Porque antes o después tendrían que acostarse, según marcaba la tradición del matrimonio, y él ya no esperaría mucho más.

Cuando les oigo entre pelotazos y gritos, carcajadas y carreras, me frena recordar que tuve la misma edad y los mismos instintos goleadores.Pero lo que de verdad me serena es saber que antes o después tendrían que acostarse. Y yo podré dormir.

La mudanza había dejado un cansancio extenuante. Aunque sabían que antes o después tendrían que acostarse, aún evadieron la cama, por temor a caer en el embrujo de amarse de verdad entre cajas rotuladas. Conscientes de que antes o después, todo acaba por encontrar su lugar.

domingo, 26 de agosto de 2012

Piso compartido.


Gisela acaba de decirle que se iba el fin de semana con sus padres.

Había salido del dormitorio, como cada día. Despeinada y a caballo entre sus sueños y sus bostezos indisimulados, dejando el aire prendido de amanecer en ese instante. Salía de la ducha  tiñendo el pasillo de canturreo infantil y el pelo mojado y ese instante específico, preludiado por el cese de  las flamas en el calentador, era el pistoletazo de salida para Luis desde el lunes aciago en que la encontró por compañera de piso.

Loco de un olor que incendiaba las baldosas que ella iba ocupando en su trajinar por el piso,  no había conseguido apenas comer ni dormir desde el instante en que la vio. El jueves, aturdido, descompuesto, desaliñado y con ojeras violáceas, le había dicho que se moría por ella. Y Gisela, ignorante del corazón masculino, le había contestado, muerta de risa, que era lo más estúpido que le había dicho jamás. Ajena a la compleja maquinaria de los relojes hormonales, no podía calibrar el efecto de sus amaneceres rojos, de la luz azulina de sus ojos cuando se quedaba absorta, del hálito a pétalos rosas de su aliento, ni del de a almizcle difuso que emanaba de su cintura.

No entendió que Luis se venía abajo, como una escayola mojada, y no volvió a pensar en él, asumiendo que le vería el lunes.  Perdida en el mundo que la envolvía como una burbuja de jabón irisado y flotante, cerró la puerta como si tal cosa, para ir a clase.

Cuando encontraron el cuerpo del muchacho, su sien tenía un manchurrón de sangre reseca , que seguía un recorrido por su cara hasta llegar a un remanso en el hueco de la clavícula. Su sonrisa era tan limpia y bella que no cabía pensar en el suicidio, pero lo que llamaba la atención era el olor que compactaba el aire de forma concéntrica a partir del círculo descrito entre el ordenador y el sillón giratorio y que llegaba hasta el pasillo, aunque ya atenuado. Era un aroma dulzón. A jazmines y sándalo, en una mezcla imposible, que sólo consiguió que aquellos dos policías municipales se echaran a llorar.

Sintieron la desesperación de sentir la calamidad que ese amor hacia Gisela llevaba adherida. Esa desesperanza que había traspasado la piel y  los músculos, para llegar y quedarse, en los huesos de ese estudiante que acababa de llegar del pueblo para compartir piso, por primera vez, con una compañera de facultad. La que resultó que devoró su corazón sin ser consciente del halo de su fragancia a muerte que desprendía su insólita belleza.


Media docena de olores imposibles I

1. La falsedad aparecía en la comisura de sus labios que el dedo pulgar refrendaba o en el refriegue de su lengua que la corroboraba y en ese mirar perdido en el ángulo superior izquierdo. Aunque era imposible definir a qué olía, la mentira olía, anegando la posible confianza futura.


2. Olía a fracaso. A sabor a mandarinas pasadas en la nevera. A desatender los amaneceres y las puestas de sol sin sol en este mes de luz y alegorías. Y si bien era imposible definir a qué olía, la casa entera emanaba aromas a ausencia y desvaríos caducados.







3. Nadie sabe a qué olía el miedo a morir. Era imposible definir a qué olían los anhelos cercenados, los sueños rotos y ese amor correspondido que no llegó a sobrevivir. Ni la poesía. Ni la razón. Triunfó sólo el odio... y el desvarío.







4. No enviaremos al espacio los besos sobrecogidos. Ni los nudos sin desatar que toda alma posee. Enviaremos, encriptados, los datos del ADN, cifras y coordenadas que alguien podrá descifrar.Era imposible definir a qué olía el despertar de tu piel. Desaparecida... y huida.



5. En la orilla de tu piel se descompasaba el tiempo. Se indisciplinaban los relojes y, aunque era imposible definir a qué olía tu recuerdo, todo el vaho de los espejos se empeñaban en repetir, machaconamente, ...tu nombre.



6. Olía a ausencia de mimos. A puro trato de azar y harta negligencia de una vida real. Esa que atesoraba amaneceres por abrir entre laureles. Era imposible definir qué olía el alma rota, o el cobijo de azahares sin caracolas, o el olvido de madrugadas incendiadas.