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viernes, 4 de diciembre de 2015

Lágrima cautiva

Tomado de Google

Se formó despacio.
Maduró en silencio.
Esa única lágrima nació como si nada.
Solitaria, interna, inmensa y desalada.
Tejida con hilos de esperanzas rotas
y de realidad contrastada.
Savia de tristeza de un devenir que la arrincona.
La sorbí con mis labios, 
cuando aterrizó en mi boca.

Pétalos de mar

Tomado de Internet

Sentí el regocijo
de tu fuerza desnuda entre las olas.

Estaba oscuro, y, 
cuando entre altibajos de luna y chapoteos
llegué a tu cuerpo, no me cupo duda alguna
sobre el amparo que ofrecía tu piel anfibia entre las aguas.

Y sentí hasta qué punto, 
tú, mujer, inventabas las cosas del amor
para ser puerto de mis brazos y sal de mi pan,
y es que desatas la fuerza de mis olas, prendida en tu mar 


miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cosas de viajar en tren


Subí tras una mujer con niqab en Sants. Anduve por el corredor del vagón y cuando vi un asiento libre me senté, con el libro de lectura que ahora cargo, de Ernesto Mallo, un compendio de su trilogía del comisario Lascano. Me sorprende el título, a toro pasado, porque menos detallista que yo hay poca gente lo que haría de mí una detective pésima.
Libro en mano alcancé a ver, desde detrás a una mujer que viajaba en la otra fila de asiento, dos hileras más adelante…que se empezó a peinar el pelo. Largo, y  oscuro cual azabache.

Seguí leyendo.  Empezó a llenar el aire un aroma de cosmética, pero como he visto antes a muchas mujeres usar ese tiempo  para acicalarse, en verdad ni me sorprendía ni me distraía de la lectura. Cuando el olor a acetona llego flotando por el vagón, la cosa empezó a interesarme. Es que me causaba extrañeza poderse hacer la manicura con el movimiento del tren, pero he visto hacerse la raya de los ojos en un metro, así que tal vez la envidia de pulso de cirujano en cualquier ocasión es lo que me llevó a mirar, por entre los asiento, ya que todo el convoy iba con los asientos mirando hacia adelante.

Llegué a San Viçens de Calders a la hora prevista. Yo me espero a que el tren esté totalmente parada antes de levantarme, así a señora, y otros viajeros desfilaban delante mí hacia la puerta de la plataforma de bajada.

Un bulto negro de ropa descansaba bajo un asiento, pero no hice gesto de cogerlo, ni tocarlo siquiera con el bastón.

No es habitual que haya  policía en ese nudo ferroviario. Sí hay siempre dos personas de seguridad, pero ayer estaban ellos, y dos policías nacionales en la puerta de la pequeña estación, mirando a cada pasajero que llegaba, antes de que cada uno pudiera atravesar el pequeño recinto que da lugar, por el otro lado, a la zona de aparcamiento de la estación.

Ante mí el cabello negro ondulaba sobre un vestido de cuadros, que peinaban unas piernas con medias negras y tacones.
Cuando se giró, brevemente, tras haber pasado el control de seguridad, esa uñas color rosa me hicieron sonreír. Pero luego la sonrisa se me fue cayendo cuando dos pasajeros comentaban que parece ser que había habido una alerta de bomba en Sants, y que pudiera ser que un  yihadista hubiese tomado este tren que va Tortosa.

- Una falsa alarma, parece.
- El qué
- Una mochila abandonada que dejó una mujer.-dijo el pasajero de gorra gris.
- Pues vaya bromas.

Yo pensé lo mismo, mientras la chica de cabello suelto y uñas de chicle subía a un coche  de barbudos que la esperaban en el aparcamiento.


sábado, 28 de noviembre de 2015

El escritor de feria

Lamento la escasa luz, con flash salía el reflejo :-)

Para Daniel, lo de las letras fue un descubrimiento que le abrió a un mundo por descubrir y a miles por inventar. Bueno, eso lo es para todos, pero su caso era especial

Escribir se convirtió en su sueño desde que las letras se le descubrieron como fijas de scrabble pero con colores. De tal modo, que poco después de los seis años, y con su caligrafía ligada de estreno, escribió él solo su primera carta a los Reyes. Les pedía letras de colores, que ensamblaría luego como piezas de Lego muchas tardes, tras hacer sus deberes y jugar con su hermana Lola. Sus majestades habían tenido trabajo para encontrar esos cubos con letras que constituyeron su juguete más querido.

Llegó la adolescencia, y con su Harry Potter leído una y otra vez, se enfrascaba en componer magia con las palabras. Inventaba algunas que le parecían faltar para expresar sensaciones. Catalogaba las palabras por sílabas y por fonemas, por colores al pronunciarlas y por el aroma que desprendían al leerlas en voz alta.

Una noche de tormenta soñó que quedaba atrapado entre las paredes de una jaula de cristal.  Con una pluma en la mano, y la imaginación en ristre había de mantenerse quieto, hasta que con una moneda permitía que se pusiera en marcha el mecanismo que le permitía mover su brazo derecho, bajar un poco la cabeza, e ir escribiendo textos, que acababan por salir de una ranura cuando acababa el tiempo estipulado.

Infeliz e impotente, a ratos se preguntaba dónde habrían quedado su familia, y sus amigos, y su mundo de verdad, pero la tristeza se aplacaba cuando podía escribir lo que iba creado en su mente, que con los años, de haber podido, hubiera llegado a ser una novela de más de mil páginas.

Cada visitante se llevaba un fragmento de la gran obra que ya estaba redactada en su mente, y de alguna forma, esa constancia de su paso por la literatura, aunque precario y fragmentado, le concedían algo de felicidad.

Llegó un aciago día en el que cambaron las monedas del país. Veía impotente cómo intentaban  introducir un círculo de metal más grande que el carril de las monedas que habían instalado en su máquina. No podía mover su brazo. Lloraba sin lágrimas, y gritaba sin voz.

Algún estúpido se había olvidado de que él también tenía derecho a vivir.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Ingrid no cree en el amor

Tomado de google

No me llamo Ingrid, sino Paula, pero es el nombre que he adoptado para llevar a cabo mi profesión actual, porque me gusta el sonido al pronunciarlo.

No crean que me anuncio por palabras en la sección de “relaciones” por problemas económicos, aunque reconozco que en ocasiones, más por el cliente que por mí, hago ver que la crisis me ha llevado a “vender” mi cuerpo. Expresión inexacta donde las haya, dicho sea de paso, porque, en todo caso, sería un alquiler por horas. Se alquilan máquinas para encerar el mármol, que tras su uso, y se regresan, ¿verdad?, pues esto es lo mismo. Yo no he estado ni estaré en venta jamás. En préstamo físico como mucho.  

Aprendí pronto que la ingente literatura sobre el amor, es un marasmo de artefactos del lenguaje para engalanar sensaciones. Producidas, en su mayoría, por descargas hormonales en un principio, unos rituales de cortejo posteriormente, y al final unas normas y rutinas sociales. Y poco más. Observé a mi alrededor demasiadas veces cómo amigas perdían su alma, por dejarla prendida de unos ojos de mirada irresistible y palabras de amor eterno, así que, puestos a perder mi virginidad un día u otro, preferí que fuera con precauciones, y con una contrapartida de algunos ceros en mi cuenta corriente.

Para mí, que el romanticismo es una gabardina que oculta erecciones y lubricaciones que nadie quiere ver como naturales y fisiológicas. Y es que interpretan, imagino, que sería como rebajarse a sí mismos a un nivel de mamíferos normales y vulgares. Muy por debajo, en todo caso, de los altos menesteres que se otorgan todos al desear reproducirse. Buscan dejar huella de su paso por esta vida, dejando la mitad de sus cromosomas. Como un pendón clavado en la tierra que pisaron. Que quede claro que estuvieron aquí.

Me han preguntado alguna vez por qué me anuncio sólo para hacer tríos. La ventaja principal es que no se está nunca en manos de un loco, por supuesto. En serio, las parejas que me llaman, que suele ser la mujer quien asume la tarea, dicho sea de paso, buscan una emoción en sus relaciones, ya consolidadas. Digamos que andan tras sensaciones de voyerismo, exhibicionismo o de una escalada de búsqueda de placer fuera de lo que ya experimentan en su propia cama.

Hoy llamó un hombre. Con voz de tenor. Preguntaba lugar y disponibilidad horaria. Hemos acordado un par de detalles de atrezzo, entre los que debo comprar guirnaldas de cumpleaños y crear un ambiente previo de distendida celebración de aniversario. No ha querido decir la edad del homenajeado. Ni preguntaba la tarifa que cobro, aunque se lo he dicho, porque no hubiera malos entendidos.

-    -  Perfecto, allí estaremos a las cinco en punto. Ah, por cierto, mi marido se llama Luis, -me ha dicho, justo antes de despedirnos, muy cordialmente, por cierto, que todo se ha de decir.

He preparado la sala con pocos detalles, pero creo que de buen gusto. Sigo sin entender qué rol puedo jugar yo, pero de hombre no me he vestido nunca.

Ni pienso disfrazarme jamás de macho.

jueves, 26 de noviembre de 2015

En casa de Lola, y de Luis


Lola y Luis cumplen esta semana su quinto aniversario de bodas. Para ambos es una segunda relación instaurada y bendecida,  en este caso, por un juzgado de paz, dejando atrás historias de velos y párrocos.
Mientras preparan la cena, Luis la acaricia suavemente la cadera antes de seguir pelando patatas.

- Cielo, me gustó mucho tu regalo del año pasado
-  Sí...me dijiste, y se notó. Sabes que yo disfruté de él más que tú
- La glotona del chocolate siempre has sido tú, bien es sabido.
- Pues reconoce que tú también disfrutaste, o me engañaste, -dice ella, lavándose bajo el grifo, -este olor a ajo... qué pesado es de quitar, jopé-  añade frotándose intensamente las manos.
- Te apetecería celebrar el aniversario de alguna manera especial, Lola, o mejor reservamos mesa en un restaurante que nos guste?
-  Los cambios son estimulantes, pero cenar fuera también me gusta. Lo dejo a tu elección
- No sé...había calibrado hacer.. un trío. Pero vaya, igual te ofende...no sé, -anuncia sin levantar la vista de la patatas que ahora anda pelando con precisión y esmero.
- No, ¿por qué me iba a ofender?, no seas bobo. Ahora que lo dices, podría estar bien.
- Vale pues.- dijo troceando las patatas a dados,- para proseguir con voz neutra- y qué prefieres, ¿una mujer o un hombre?
- Lo que tú digas me parecerá bien. Lo que te apetezca
- Pues hombre. No se hable más. Así celebraràs mejor ¿No?
- Vale. Gracias, -dándole un beso en la mejilla mientras sigue removiendo el sofrito
- Y qué te parece...¿buscamos uno de nuestra edad, o un jovencito?
- Puestos a escoger, mejor joven, -dice riendo, mientras le acaricia para palmear después una nalga de Luis
- Pues joven. Decidido entonces... que un día es un día, .
- Estupendo. Contactas tú, y así será mi sorpresa.
- Pero yo no conozco a nadie joven y liberal. Si sabes que hasta salgo de marcha con los carcamales del curro...va...piensa mujer....
- Dicen, pero igual es falso...dicen eh?que el chico del quinto tercera es más que liberal. Bueno, lo deja ver la portera cuando habla con la señora Gertrudis.
- ¿Con quién?
- Con la del primero primera, sí hombre, la señorona.
- Ah, es cierto. Y a ese chico, tú le conoces? 
- No mucho. Me he cruzado en el ascensor un par de veces.  Se ve que va al gym a diario. Y es alto, bastante más que nosotros, con el pelo clarito y un poco largo. Igual le has visto.
- No me suena. Pero parece que será mejor que te encargues tú ¿no?
- Bien. Lo intentaré. Pero no sé si sabré...y deja ya de probar, que el estofado está sensacional, bruto.- dice mientras le aparta la cuchara de la boca-
- Vale pues. De hoy al sábado, a ver si puedes sonsacar si estaría dispuesto...ah... y lleva la jarra de agua, please. Que ya puse la mesa, tardona.

La cena transcurrió sin incidencias, con la tele puesta, enumerando las malas noticias para la gente de mediana edad.


El viernes, al día siguiente, le comentaba a Paul, en su piso de quinto, cómo su Luis estaba pensando en regalarle por el aniversario de bodas, un trió.
 – !ya ves qué moderno se nos ha puesto!- dijo, abrazándose a ese pecho de veintitrés abriles, dos meses y cinco días



martes, 24 de noviembre de 2015

Esperando un metro

Tomada de Internet

Se cruzaban cada día en el mismo metro. De Sants a Virrei Amat, en un trayecto de poco más de veinte minutos. Ambos iban al trabajo, y eran lo más diferente que uno podía imaginar.

Ella, de unos cincuenta años, vestía en tonos pastel, le sobraban unos quilos  y portaba siempre un libro de lectura. Él, de unos veinte años, llevada rastas recogidas, vestía pantalones de cintura más que baja inexistente, unos piercings, y presentaba una extrema delgadez. El joven se calzaba los auriculares nada más agarrarse a una barra del convoy, o si podía sentarse, con los auriculares puestos igualmente, jugaba con un pájaro  obús que había de destrozar a unos cerditos de la pantalla de su Smartphone.

Una mañana chocaron, literalmente, por dejar sentarse a una señora con bastón, y por vez primera supieron el uno del otro.

Desde ese día, sin acuerdo tácito, se esperan en la parada de Sants, sin esperarse de manera expresa, se esperan el uno al otro para abordar un vagón. El que sea, de la línea cinco, la de color azul, para viajar juntos. Ahora, en esos minutos, se comentan las noticias, y desde ayer, se muestran algunas fotos de los móviles de cada uno. Las de ella son de Laia, su hija, de veintitrés primaveras exultantes, y las de él, son de Lego, un gato asilvestrado, rubio y necio que se anda instalando en  el patio de unos bajos de una casita de la calle Vallespir. 

Eulalia Soler i Formentera es una mujer de pelo cano, curvas en declive y mirada de primavera tras las gafas de ver. Para ir a trabajar a una tienda de La maquinista, toma el metro cada día, desde que se trasladó a la calle Vallespir, del barrio de Sants, donde vive con su hija Laia, estudiante de biología, con vocación de musa y cientos de pecas por reivindicar cada verano.

A esta mujer le fascina leer narrativa, de no importa qué autor ni qué narrador omnisciente o cuasi interno le hable. Porque espera que la lleven en las alas de la imaginación hasta mundos donde perderse para acabar por reencontrarse.  Desde que un día chocara con un joven en el metro, recuerda una y otra vez a aquel primer novio, con sus dedos de pianista y su atuendo de hipee que dejara perder, o perdió por los recovecos de las obligaciones y los laberintos de la vida.

Sus ojos, de un verde esmeralda huido, se enmarcan en un azabache de noche por disparar, como los de  aquel amigo del primero de carrera. Siendo de la edad de su hija, y a sabiendas de que estas conversaciones, ahora diarias, no son más que un pasatiempo de trayecto, no puede evitar saberse viva cuando se sientan juntos.  Tan viva como el gato que él le muestra, haciendo travesuras, o tan palpitante como su propia hija luciendo poses cómicas, en esas imágenes que acaban por compartir en un metro cargado de soledades.


martes, 17 de noviembre de 2015

Mercadillo con perfumes

Tomado de Google

Los mercadillos semanales me son familiares desde que el Ayuntamiento designó la plazuela bajo mi casa para uno de ellos, habida cuenta de que la ubicación anterior, tomando por asalto unas calles, se quedaba pequeño.

Me he familiarizado con los sonidos de las barras de metal que hacen de estructuras de carpas desde buena mañana. Esas que conforman, en vez de espectáculos de feria, tiendas frágiles para aposentan variopintas mercancías.  En su mayoría, esas paradas son para prendas de ropa, pero hay zapatos, y, desde hace un par de años, hay algunas que ofrecen perfumes, baratijas y productos de limpieza o utensilios para la cocina.

Me llamaba la atención una de esas "paradetas" con botellitas que imitan costosos perfumes, de los que se anuncian en televisión. Lo regentaban unos jóvenes moros, quienes, desde temprano, armaban la tienda ambulante para luego ofrecer buenos aromas a la gente que pasea en busca de chollos, o de prendas necesarias pero baratas.
Ese espacio quedó vacío hace unas semanas, pero ayer, su sitio lo ocupa de nuevo la parada de los perfumes, aunque ahora son dos muchachas quienes la gestionan. Ignoro si hayan traspasado la licencia de venta, o es una especie de "préstamo" temporal. 

Las vi montando la estructura con un joven que las ayudaba, un poco más tarde que otros tenderos, para quedarse luego ellas solas al cargo. Han iluminado la plazuela con sus vestidos de colores, sus risas de alondras y ese agacharse a las cajas depositadas en el suelo, para ir colocando las mercancías luego, en estantes improvisados, entre pájaros de papel maché que colocaban entre los botellines, dando un resultado primaveral a esos pocos metros cuadrados de mercado de quita y pon.

A media mañana se han quitado los jerséis, para desayunar un bocadillo, sentadas en sendas sillas plegables. Con sus camisetas sin manga y sus pantalones cortos, provocaron, sin querer, la formación de un grupo de mercadilleros halagadores de sus perfumes, pero que compraron poco, según me ha parecido.

Cuanto menos han puestos pinceladas de color y de aromas en la plaza, entre perchas de ropas varias y gritos de “barato, lo llevo barato, reina”.

Quedo al tanto de confirmar si esa algarabía de luz permanece los lunes, sembrando alegrías, entre las paradas de un mercado ambulante que huele a tiempo muerto entre grandes superficies con ofertas todo el año.