Translate

martes, 22 de octubre de 2019

Bruno, el viejo perro.

Imagen de Aquí


Se hace tarde y te sigo buscando, hasta ahora sin éxito. He pensado que no estuvieras en el estudio, escribiendo, y no te hayas percatado de mi presencia, como otras veces, cuando me siento a tu lado.

—Cuando,  a veces, me dejas apoyar mi cabeza en tus rodillas, soy feliz, recuerda el can.
—Pero es que me das calor, Bruno. Te pones muy pesado.
—Anda ya,  si disfrutas leyendo tus textos en voz alta, no lo niegues. Hago como que te entiendo. Siempre. De hecho soy el primero que sabe lo que vas escribiendo. Deberías  contratarme de escuchador y crítico, a pesar de que te despierto a lametones que odias y te rompo alguna cosa con mi rabo.
—Jaja, no te vengas tan parriba, que eres un chucho. Guapo, eso sí, dice Laura, mientras me zarandea los mofletes, y yo me dejo querer. Qué tacto el tuyo, qué gusto tu aroma, recuerda el viejo perro.

No, no estás en el estudio. Tú igual no lo sabes, pero puedo ver tus letras en los papeles que, en ocasiones, imprimes, y que sin entender en absoluto, disfruto de tenerlos ante mi vista porque me hacen recordarte así, concentrada ante el portátil, meditabunda a veces, sonriente otras, pero siempre feliz ante estas teclas. Sí, yo también las presiono, con cuidado, y veo en la cosa esa blanca que llamas pantalla que aparecen simbolitos.  Lo raro es que tú te enfadas, así que casi nunca lo hago ya.

El dormitorio está arreglado. Qué pena, al menos podría acercarme a ti a través de tus pantuflas, o del pijama, que sueles dejar tirados por el suelo. Pero no. Ayer te vi con un vaso alto, con hielos que sonaban, tomando un trago de un alcohol, que apestaba, por cierto. Eso hizo que te pusieras como eufórica y empezaste  hacer una maleta, pero con prisas. Estaba claro que no era un viaje planificado con Nicolás. No has imprimido lo último que  escribiste, pero dejaste encendido el portátil y veo líneas de letras, cada vez más alargadas, hasta escaparse como un hilo continuo de cometa, que desde mi punto de vista está viajando por las paredes del piso, que baja luego hasta el sótano que no tenemos, y me pongo a perseguir tu estela.  

Me froto la cara, me concentro,  y en un parpadeo, alcanzo a identificar tus huellas de  zapatos sin tacón, el halo de tu fular mal apretado, las alas de tu gabardina azul  sin diques. Y tu agobio, tu tristeza, y dos lágrimas perdidas en la moqueta del recibidor.

He llegado al sótano que no tenemos y allí encuentro las palabras en tinta que ayer desembocaron en tormenta, en catarata sin filtro, y que escaparon de la página de Word. Pero tú no estás. Me sumerjo en una frialdad que me es desconocida y busco tu presencia más allá de la calle, a través de la puerta. Llega el reflejo lunar tras las cortinas, pero nada cambia. Mi hambre o mi sed se vuelven esquivas y me duermo ante la puerta, esperando que regreses.


lunes, 21 de octubre de 2019

Michogato

La imagen es de Gatos de Tejada


Es casi medianoche en la  ciudad de Barcelona. La metrópolis cambia de apariencia y de  vestido, con un halo de misterio bajo las farolas del barrio Gótico, entre sus callejones a media luz y la luna asomada por los rincones y las aceras, porque la ciudad pasa a ser de otros actores, cuando los hombres duermen y las presuras se aquietan. Los borrachos salen de los bares de los fracasos, los bohemios aletean sus sueños rotos, los amantes se embelesan en los portales y los gatos salen a hacer su ronda nocturna.

Michogato tiene casa, ahora lo sé, pero le dejaban abierta la gatera improvisada y él era libre sobre el asfalto. Sus ojos amarillos, su pelaje negro, su cola en alto y sus andares de dueño me hacen reconocer que tiene clase. Salía a patrullar por la ciudad, a su hora, y a su aire. Se habrá desorientado persiguiendo algún ratoncillo, o cortejando algún maullido de gata en celo.

El golpe contra la acera me asustó, en un momento en que regaba los geranios medio mustios de mi balcón, de un piso primero de un barrio cercano al centro. Bajé a buscar al minino que lloraba, herido y habiendo gastado una vida de sus gatunas vidas. Tras la visita a un centro veterinario abierto todo el día, le subí a mi piso, donde acabó por acomodarse en un cesto de ropa limpia. Se mostraba torpe y tímido al principio, pero poco después comenzó a mostrar su temperamento altivo y su orgullo felino, capaz de no comer si no lo daba lo que les gustaba, qué curioso, la latita más cara del supermercado: mousse de salmón con gambitas, pena que yo no pueda tener su menú. 

Vi su foto en un cristal. Una pareja buscaba a Michogato, al que llamaban Lucas. La foto no engañaba a mi sincero afecto por el minino. Ya está en su casa, con sus humanos mascotas. Ellos contentos, y yo he acabado por traerme a casa a un jovencito de un centro de acogida gatuna.  Le llamo Michogato también, y no entiende de cascabeles, pero persigue un puntero de luz, con el ahínco de ser un adulto rey de la selva de mi casa. Bueno, de su casa.

viernes, 18 de octubre de 2019

Soneto de mar y amor



Hoy quiero ser mujer de rompe y rasga.
Una mujer cualquiera de tu calle,
que enciende su voz y al mundo apaga,
cuando la luna juega con tu talle.

Abrazo primaveras con mi boca, 
deshago entuertos de la mala suerte
cuando mis labios se anclan a tu roca,
en una suave lid a vida o muerte.

Salgo al balcón orlado de jazmines.
Observo el mar peinado por el viento,
por esos juegos libres de delfines.

Y defiendo tu voz, y hasta mi aliento
sobre los desdibujados confines
de antiguas tempestades de otros puertos.



jueves, 17 de octubre de 2019

Andando solo. Aviones, en jueves



Siguiendo una propuesta de Soñando uno de tus sueños, mi aportación es esta.

Paloma regresaba a casa. La aventura de Argentina había salido fallida. Nicolás  resultó ser una buena persona, seguro, pero  la última devaluación dejaba unos precios a sus productos de importación fuera de poder servirse, ni siquiera sacarlos del puerto. Los pedidos  de la empresa habían sido suficientes, y hasta había calculado un treinta por ciento más por una posible devaluación leve, pero  la realidad había sido devastadora.

Ante el panorama, gastos que no podría cubrir, Paloma se imaginó usando cualquier toalla para los pañales de Teo y comiendo de cualquier modo.  Tenerle había sido una realidad preciosa, pero con los nervios de Nico, la relación se estaba deteriorando por momentos. Llamar a su madre le había dejado llorosa, y agotada. Aceptó el pasaje de regreso a Madrid. El peque estaba ya en esa edad de querer caminar, sin conseguirlo. Las doce horas de vuelo fue un rosario de entretenerle,  dejarle moverse, acunarle y espera de que durmiera. Las azafatas estuvieron atentas y solícitas, amables y encantadoras, pero Paloma tenía ojeras, y una tristeza más allá de los sueños rotos.

En un instante, el niño dio tres pasos solo, para regocijo de las personas que no dormían. Eran las cinco de la mañana, hora española, y a los quince  mil pies de altura, Teo comenzaba a andar. Sería el único buen recuerdo del viaje de avión que la trajera a Madrid, nuevamente, para empezar de cero, con un niño de la mano.


miércoles, 16 de octubre de 2019

Revelación en la infancia

Imagen de Internet de aquí

La vieron con su bocadillo, ensimismada en unas amapolas que estaban cerca, entre las malas hierbas de las afueras del parque. Sus hermanas y el abuelo, él con un pañuelo a modo de boina, con esos cuatros cardinales de nudos en acción,  y ellas con los otros bocadillos de chorizo y sentadas, como ella, en unas piedras. Los bancos del parque eran pocos y de láminas de madera y ésta estaba astillada, así que, hasta que los reparasen, el verano pintaba en canchos de granito que usaban de asientos.

La nena, rubia y delgada, con las rodillas  decoradas con pequeñas heridas de caídas previas jugando a policías y ladrones, de pronto de percató de las hormigas, que, a cientos, se iban arrimando a las migas de pan del  espacio familiar. Levantó la vista y vio más y más hormigas, subiendo por el tronco del pino cercano, cargadas de pequeñas pajitas que llevaban a un hormiguero que no había visto, porque de haberlo codificado, estaría comiendo de pie y lejos.  Del salto, el bocadillo voló por el aire, para regocijo de las hermanas y otros niños que andaban cerca, mientras ella echada  a correr, gritando socorro, pies en polvorosa. No iría muy lejos. Se quedaría agachada en algún rincón, existente o improvisado, aterrada y a la espera de que el pulso volviera a su ritmo habitual. Era típico cada verano. Nadie se había asustado más que ella.

Con sus ocho años era conocido su pánico al caos, a no saber cómo o porqué los animales se movían en loco afán. Las abejas también le producían pavor, y las avispas, y las lagartijas, y los renacuajos…para ella vivir  era estar en paz, sabiendo que lo que la rodeaba estaba tranquilo, y que no había amenazas a su alrededor. Un día, sin embargo, sentada en la entrada de la casa de una tía beata, que ponía agua en el plato donde tenía el bote de miel, porque las hormigas no se alimentasen de ella, tuvo una revelación.  

Miró la ordenada fila de hormiguitas laboriosas, en fila india perfecta siguiendo la esquina entre el suelo y la pared, que subía y bajaba de la calle a la casa de la tía. Basilia. Eran hormigas pequeñas, casi rubias. Miró su dedo índice de la mano derecha y constató la diferencia abismal de tamaño entre ella y las hormigas. Estaba sola, como muchas tardes, y así, sentada, en calma, contemplando a las homiguitas disciplinadas, se atrevió a pisar con su dedito a una, que quedó aplastada, y presumiblemente muerta.  No volvió a temer a ningún animalillo, menos a las cucarachas y a los perros, pero un día la vida le daría la oportunidad  de confirmar que también ellos eran mucho más pequeños que su zapato o que su voluntad. Pero eso ya es otra historia

martes, 15 de octubre de 2019

Bajo la tormenta en Barcelona



Los vi, desde mi asiento. Bajo la lluvia y con sus respectivos paraguas abiertos. Ambos esperando el bus cuarenta y dos. Desde el café, y ante mi bebida mientras hacía tiempo y buscaba fuerzas para salir a hacer el recado, me puse a inventar la razón por la que esperaban el bus.

Diseñé para ella un matrimonio infeliz, aunque plácido, con dos chicos de instituto y un trabajo de recepcionista de una oficina del edificio que estaba cerca de la parada. Para él un divorcio   ya reposado y una tarde de compras por Barcelona, ya que llevaba una bolsa de unos grandes almacenes. Cuando los vi charlar imaginé una conversación sobre el tiempo, distendido y cordial El autobús iba con retraso. Parecía que no les importaba, aunque los otros pasajeros hacían gestos y ademanes de impaciencia. La lluvia se tornó más y más violenta por momentos. En la marquesina, un grupo de gente se apiñaba, y ellos seguían con los paraguas abiertos, intentando protegerse las piernas.

En el café entraron dos hombres, empapados, que se sacudían las americanas. No sé por qué pensé que uno de ellos era el jefe, o el marido, de la mujer de la gabardina azul. Esperaba una relación, tal vez profesional, entre la mujer y el tipo de traje gris marengo, pero sería imposible de constatar. Luego el piquete de independentistas se fue desplegando, con sus banderas esteladas y sus carteles de libertad para los presos. No me atreví a hacer la gestión, que no era urgente. Los metros funcionaban, pero los autobuses y trenes no. 

Así, presa en la estación, entendí la necesidad de libertad que siempre di por supuesta. Reconocí a la mujer de azul y al mismo tipo de cazadora gris, quienes ahora establecían una conversación más íntima, con toques en los brazos por ambas partes, y una mirada que de hora en hora se iba vistiendo de complicidad. Por fin mi tren me trajo a casa, y a ella, quien resultó viajar a mí misma estación. El trayecto me permitió imaginar mensajes, por la sonrisa de ella, del tipo con cazadora y de la tormenta  que, tal vez,  habíamos dejado atrás.

sábado, 5 de octubre de 2019

La playa de los sueños III

Imagen de Aguirrfotox


Este otoño me ha pasado algo muy curioso. Me ha rescatado del mar una mujer, en una playa de las Islas de las mujeres, frente  a Cancún. Ya decía yo que llevaba muchos días a la deriva, viendo cruceros que intentaba seguir por si llegaba a alguna isla del Egeo, pero parece que una corriente me ha llevado al Atlántico, vaya usted a saber por qué leyes físicas que ignoro. Entretanto me vi inmersa en una bolsa enorme de basura, donde he estado unos días. No entiendo cómo somos tan guarros. Junto a mí había botellas de pulque y de ron, de tequila, de lejía o de agua. He conseguido salir y seguir flotando pero no sé si lo soñé o una tortuga chocó con la madeja de basura, lo cierto es que de nuevo me veía a la deriva y acabé llegando a una playa.  

Sí, la playa parecía casi virgen, y me dio por pensar que nadie podría socorrerme. Volvería la marea y me regresaría al océano, pero no. Una mujer pensativa, con pamela rosa y un fular azul se fijó en mí. Me ha destapado, buscando un mensaje, estoy segura, y viendo que mi aspecto era de persona, diminuta, pero persona, ha vuelto a poner el tapón de corcho. Mi voz era acorde a mi tamaño, quiero pensar, porque no me ha escuchado cuando le pedía que me sacara de allí. Desde el océano la he visto sentarse en el  tronco de una palmera derrumbada y mirar hacia donde yo estaba. Parecía sonreír.

Hoy me encontré con un perro, en una lateral de la playa de Cancún. Me ha sujetado por el cuello de  la botella y pensé que me dejaría a los pies de alguien, pero ha golpeado la botella contra una roca y he salido, volviendo a mi tamaño normal. El pobre can estuvo un rato reponiéndose del susto. Desgreñado, y para mí que con .garrapatas, temblaba cuando he echado una mano adelante, por agradecer su gesto.

He llamado a mi casa, donde nadie me esperaba ya, y tengo reservado un vuelo para mañana. El veterinario  ha encontrado bien al chucho, que llamo Robinson, y le ha vacunado y confeccionado su "pasaporte canino". Me alojo en un hotel que acepta mascotas y, limpio ya, Robinson ha resultado un perro mezclado de mediano tamaño, con mirada inteligente y donaire en sus patas. Tiene cinco años, según han calculado por los dientes y sé que él sabrá ofrecerme lo que necesito. Mi mejor versión.      

jueves, 3 de octubre de 2019

Esperando el hatillo de otoño en jueves


Imagen del blog de Moli de Canyer
Siguiendo una iniciativa de Molí del canyer, la espera este es mi texto

Ando esperando el otoño aunque en el calendario ya estemos en él. Las hojas van tomando el color amarillo tibio que quiere virar a marrón. Los días se acortan, dejando las tardes huérfanas de paseos hasta la cena, de baños en el mar, de cervezas que llevarse a la boca cuando el fresco hace acto de presencia. Las noches, que se alargan, dejando el alma inquieta por más horas, a un Morfeo haciendo horas extras de día en día y a los recuerdos montando guardia, asomándose tras el quicio de la puerta.

Ando esperando las castañas y los boniatos, las setas y los homenajes a los muertos, las chaquetas de entretiempo y los dolores de huesos, que están al doblar de la esquina y nos atraparán en sus redes de otoño en la piel.

Por si acaso, he contratado el último crucero de la temporada, no sea que me pille la añoranza de unas tardes de clases que me saltaba, en las que arreglaba el mundo, y tenga que mirarme en el espejo del presente, con las arrugas creciendo, las fuerzas menguando, los dolores articulares en arrebato y las canas a su aire. Más vale prevenir, dicen, no sin razón.