Siguiendo una iniciativa de Molí, porque año nuevo, vida nueva, mi aportación es la siguiente.
El infarto había sido a nivel ventricular derecho, en una
rama importante, pero le habían puesto
un stend en pocas horas y el cardiólogo había dicho que, siendo por un tema de acúmulo
de grasa por la genética, al poco haría
vida normal. Con medicación y siguiendo con su vida en hábitos saludables, podría hacer de todo.
Se apuntó en un gimnasio, poco más podía hacer. Ni estaba gordo, ni
fumaba, ni bebía más que alguna cerveza esporádicamente. Huyendo de las grasa animales se hizo vegano. Huyendo
de la inactividad empezó a hacer runnig diariamente. Huyendo de leer tanto se bajó a la tablet lecturas habladas.
Al año pesaba menos, no tenía grasa alguna sino que era pura fibra. Por su dedicación a sí mismo, la novia, muy sedentaria, le había dejado. Ahora
que empieza a salir, como amigos, con una chica deportista, vegana, abstemia y
no fumadora, como él, y que está enamorada de las caminatas por la montaña, reconoce que fue su infarto quien
le ha regalado una nueva vida, mucho mejor.
Habían coincidido en
el salón de baile, vestidos como en el siglo dieciocho y portando máscaras de
antifaz de diseño. A ambos se los había
regalado un amigo común, dulce como la miel y las piruletas, y que gozaba con convocar un baile anual de fin de año. Para otras personas la
noche era de matasuegras y sombreritos de cartón, cava en vasos de plástico y
música disco, pero en su fiesta de recibir el año nuevo, la música la ponía un cuarteto de cuerda, copas de cristal de Bohemia,
y el champagne dispensado era un Dom Pérignon
2008. Cristina había salido del local alquilado, con las mejillas arreboladas
por la vergüenza. Había escuchado a dos jóvenes haciendo apuestas sobre el
hecho de que no encontraría marido, porque era fea, gorda, y caminaba con cierta
cojera. Era consciente de que., además, no era rica, o no lo suficiente como
para tentar a nadie. Luis salió poco después a la acera también, a mirar su
móvil. Como él se quitó el antifaz para ver mejor la pantalla, ella observó la
belleza de esos ojos enmarcados en cejas como rejas de una pasión insondable.
Cristina se secaba una
lágrima cautiva y solitaria, cuando él la miró y le preguntó
— ¿Qué te pasa,
preciosa? No había impertinencia en su voz, ni en su mirada, lo que provocó que
Cristina se relajara un poco y sonriera
— Nada, no pasa nada,
que soy tonta por dejar que me afecten comentarios desagradables sobre mí.
—Seguro, hay que estar
loco, o ciego, para buscarte defectos
—Bueno, tampoco seas
tan cortés. Sé que mi peso no es el ideal, ni mi cara es de anuncio de
artículos de belleza, pero .dos jóvenes
se burlaban de mí, y no sé, me habrá pillado en una hora boba.-dijo sonriendo-.
—Como ves he salido a
mirar el móvil, pero también porque he visto que salías del local, y me ha
enamorado tu manera airosa de caminar. Y,
la verdad, hace calor.
—Pues yo estoy helada,
ya ves, hasta friolera debo ser.
—Te pondría mi levita
por encima, pero creo que mejor entramos y bailamos un vals o lo que sea que
esté sonando. Vaya, si quieres. Tengo le coche ahí, dijo señalando un mercedes,
y puedo llevarte a casa si lo deseas.
Entraron, con los
antifaces puestos de nuevos, al calor de la música, dejando que sus pies se enredaran con las notas musicales, con el miriñaque de ella y con el deseo de
ambos de que las manos explorasen los cuerpos, tan escondidos, salvo el pecho
de ella, que exuberante y altivo dejaba imaginar goces de miel con terciopelo.
La madrugada les
encontró en un rincón, con la peluca de ella sobre una silla, los antifaces en
el pico de una mesita baja y los labios latiendo unidos en un respirar acompasado y explorador. Sobraron telas, y gente, y tal vez alguna copa de champagne.
Faltó espacio, que ampliarían días
después, tiempo, que se concederían luego, caricias, que se ocuparían de encontrar.
Pero tuvieron lo suficiente de ganas, de magia, y de anhelo de continuar el
baile de primero de año, vestidos de ilusión y fantasía rococó.
Querido amigo, te escribo, así me distraigo
un poco, y como estás muy lejos, más fuerte te
escribiré.
El año viejo ya se fue
pero todavía aquí las cosas no van bien
Desde que te fuiste hay una gran novedad.
Se sale poco por la tarde, incluso cuando es
fiesta
y hay quien ha puesto sacos de arena
cerca de las ventanas
y se están sin hablar semanas enteras,
y a los que no tienen nada que decir
les sobra mucho tiempo.
Pero la televisión ha dicho que este nuevo
año
traerá una transformación
y todos lo estamos ya esperando
Será tres veces Navidad y fiesta todo el día.
Cada
Cristo bajará de la cruz,
también los pájaros estarán de vuelta
Habrá de comer, y luz, todo el año
también los mudos podrán hablar
mientras los sordos ya lo hacen
Y se hará el amor, cada uno como quiera.
También los curas podrán casarse
pero sólo a una cierta edad
Y sin grandes molestias algunos desaparecerán,
quizás serán los demasiado listillos
y los imbéciles de todas las edades.
Ves amigo, lo que te escribo y te digo
y qué contento estoy de estar aquí
en este momento
ves, ves, ves
ves, querido amigo lo que hay que inventarse
para poder reírnos de ellos
para seguir esperando.
Y si este año pasase en un’ sólo instante
ves, amigo mío, cómo se vuelve importante
que en este instante, esté aquí también
El año que está a punto de llegar
dentro de un año pasará.
Yo me estoy preparando, ésta es la novedad. Un tema de 1983, de Lucio Dallas.
Traducción de aquí. Tal vez parezca una felicitación de año nuevo un poco extraña, pero es que los tiempos son raros, y recordé esta canción. No quiero dejar pasar la oportunidad, óptima, de compartirla. Yo me estoy preparando para un año nuevo que espèro colmado de buenos ratos, de reencuentro con amigos, de seguir con una salud regularmente buena y una familia a toda prueba. Para mí y para todos: que el destino no se olvide de mí/vosotros, ni los besos se me/os queden en el cielo de la boca, ni los versos prendidos con alfileres. Que siga siendo primavera debajo de cada espejo, un año más. Feliz 2020.
Imagen de Aguirrefotox, nacimiento de arena de La Pineda
Salí a la calle, tras la
cena familiar de nochebuena. No quise apurar los minutos, ni dejar que las
añoranzas se subieran a mis hombros. Esa zona estaba engalanada por árboles con
cintas de luces, diminutas, que convertían la plaza que cobija al nacimiento
marino, en un escenario irreal. Esas
figuras son efímeras. Están hechas con arena, pero este año, entre pulpos y un
Jesús submarinista, parecía una pista de sueños por arrancar a andar. Tropecé
con una acera, no por exceso de copas, y sonreí, como un borracho. Un artificio
de luz y de ilusiones visuales me hizo sentir una sirena varada ante unas
breves llamas danzarinas vegetales a mi
alcance.
Cerré el puño sobre una de
las luces, sintiendo el pálido calor que atravesaba la carne de mi palma de la
mano. Luego, al abrir los dedos, la luz, progresivamente blanca y azulada, se
fue apagando sobre la mano abierta. Esa corta e intensa vida de cada punto de luz,
me produjo la sensación de estar en un hábitat marino ajeno, donde árboles y yo
éramos los únicos habitantes de la noche. Sin dejar de ser consciente de la
realidad, me dejé llevar por el embrujo de esa sensación a medida. Llegué a
sentir que las baldosas respiraban burbujas de luz, ascendentes, pequeñas y
plateadas, como el de un fondo de acuario a mi escala. Imaginé la vívida experiencia de ser anfibia, sin aletas ni branquias, y noté la sal en el
dorso de mis manos, y el olor a salitre en el aire. La iluminación estará
programada, seguro, y cuando, de forma súbita, todas las luces de la noche navideña se
apagaron, barrunté la sensación de ingravidez y me sentí desnuda pero gozosa, ante la ausencia de esos luminosos latidos de
un prodigio que mi mente fabricó, hasta llegar a cubrir mi piel de un polvo
plateado que brillaba, como las escamas de un pez.
Me he despertado con salitre
en mi piel, que la ducha arreglará en un periquete, pero, sin poder afirmarlo,
creo que soñé con vivir bajo el mar.
En la noche pude recordar un post de hace años, que he recuperado y adaptado, y que titulé, en su momento, como luces de mar
Composición de Neogeminis, a quien agradezco de corazón sus buenos deseos y su laboriosa manera de felicitarnos
Querido
bloguero, quiero hoy compartir contigo los besos de escarcha y mandarina, justo
antes de abrir el post de felicitación de Navidad. Quisiera uno dar bocados al aire por comer
nieve, por beber savia, por inspirar vida, por besar suspiros, por regresar
abrazos.
Empezó
a nevar, justo cuando abría mi regalo navideño. Si me quedara inmóvil, la nieve me taparía,
pero entretanto sería agua sobre mi jersey de lana, belleza en copos cayendo
sobre mí, sería un roce de humedad fría en el silencio, y entre los líquenes de
mi piel, creería volver al refugio de donde salí. Como musgo, al renacer. Y he abierto la ventana a la nieve de mis deseos. En ella me topé con aquellas letras que nevaban cual grandes copos que caían ante
la ventana de mis sueños. Eran blancos, y
espesos, y con ellos fui creando la
magia de antiguos anhelos, hasta llegar a esa infancia de muñecos de nieve cuajaditos de ilusión.
He
abierto este rincón de blanca página, donde asoman personas tras nombres reales
o inventados, que tejen y luego exhibenlas
letras en crucigramas de renglones de tinta sangre.Los copos de sus palabras se arraciman, como
los pasos de baile ante las ventanas de la propia vida, con sus nieves más
espesas y sus primaveras más floridas. Y acabo por encontrar la inmensa alegría
de estar aquí, ante la ventana abierta
nuevamente a la ilusión. En la noria o el carrusel de hojalata, en la muñeca
con lazo que un día estrené, uno sólo es quien ha sido, y los rastros dejados
en forma de barro en el manto blanco de
la nieve fría que transitamos. Esa que al sol reluce en abanico de guiños de
fracciones de alegría.
Con
la alegría de estar estando, con el gozo de vivir viviendo, a ti te deseo feliz
Navidad.
Mercado navideño ante el Ayuntamiento con reloj, en Praga
Siguiendo una iniciativa de Juan Carlos, esta es mi aportación.
Te he imaginado, en rodajas,
tantas como facetas tuyas. Metálico y brillante, en un lugar cerrado, nublado y frío. La primera rodaja, tu cuello,
escenificaba tu verbo libre, tu palabra exacta, tus versos perfectos. Tu
barbilla me recordabala decisión de tu
tozuda seguridad, el empecinamiento de tusdecisiones, una vez adoptadas, la tenacidad en la lucha por ser feliz.
Una rodaja de las de tu nariz me hizo imaginar tu instinto innato, tusexto sentido y tu capacidad para recordar
los aromas más lejanos. Tu boca era de pasión y entrega, de gozo ante unpan moreno recién horneado, de tus sorbos de
café a media tarde en la penumbra de tu estudio ante una buen novela. Tus ojos,
canela en rama, eran ventanas abiertas,coartada para los colores de las mañanas, laberintos de luz con
terciopelo.Tu frente limpia, qué
riqueza de mundo en tu universo, qué universo de estrellas imposibles de
contar, qué bellas imágenes traían, de tardes contigo, de risas sin motivo, de
cantos de alegría, de anhelos en la piel por recordar.
Tras verte componer y descomponer unas cuantas veces, me he entretenido en volver a leer Metamorfosis, en el hall del hotel, esperando que llegues a la cita con el pasado que urdí para ti.
Siguiendo una iniciativa de Doro, mi aportación es esta. Basado en la realidad más real, pero es que la vida funciona con un "Hoy por ti, mañana por mí".
Filo se animó, por vez
primera, a ir a Barcelona, destino al que iba una amiga con frecuencia, por
tener un hermano viviendo en esa ciudad. También era su primera vez en viajar
en avión. Tan inexperta, ni sabía que en la ciudad condal le pedirían llevar un
dinero mínimo para pasar un mes entero, extremo que su amiga no había comentado
pues viajaba con pasaporte español. No tenía alojamiento previsto, pero sí una alusión: pasear por las playas del mediterráneo, tan diferentes a las argentinas, según su amiga viajera.
El barcelonés, quien residía
en Reus en la actualidad, recibió una llamada de su hermana. Esa amiga, Filo,
estaba en el aeropuerto de Barcelona, con poco dinero, sin alojamiento contratado y desconocedora
de todo trámite normal en un viajero frecuente. Él preguntó a su mujer qué podían
hacer. “Bueno, que te dé un móvil de contacto y le orientas, que tome el bus
hasta aquí y de momento que duerma en casa”, le dijo. El hombre la fue a buscar
a la estación de buses. Al verla tan desvaída, contrataron por ella un apartamento
a pie de playa, por las tres semanas que podía pagar. Suerte que era temporada
baja.
La tuvieron en casa una semana, haciendo de Cicerone en lo posible, pero
ella no quería ver atracción alguna. Le bastaba el mar. Ese que había conocido a través
de la mirada de su amiga. Ese mar que, tal vez, sin la mano amiga de un hermano, no hubiera
podido vivir con sus propios ojos jamás.