sábado, 5 de mayo de 2012

la cafetera roja



La cafetera de cartuchos llegó en Navidad, gracias a un premio de importe simbólico pero que nos llenó de orgullo de equipo.
Compramos variados tipos de monodosis, con colores diferentes y que dejamos en un colgador diseñado a tal efecto, encima de la nevera minúscula de la sala de descanso, junto a una Melita antigua y una jarra eléctrica calentadora de agua.

El tercer o cuarto día de uso no pudimos encontrar el artilugio que, bajo una semiesfera, acogía el cartucho en cuestión. Llegamos a la conclusión de que se había ido a la basura por error, y optamos por tomar los cafés de la máquina de siempre, que por 40 céntimos te proporciona un brebaje pasable. Una compañera se encargó de comprar el pequeño aro negro tras recorrer unos cuantos establecimientos y, en pocos días, dispusimos del placer de saborear de nuevo unas bebidas de intenso sabor, aunque en ese intervalo de tiempo el número de cartuchos, de alegre colorido, habían menguado sin razón aparente.

Cuando volvimos a perder el artilugio sospechamos del encargado de la máquina expendedora. Las señoras de la limpieza hicieron las veces de detectives para intentar saber quién era el responsable, o el por qué del boicot, ya que hallaron el aro famoso bajo el mueble del fregadero.
Barajamos diversas hipótesis y buscamos escondite al artilugio. Una compañera había llevado, poco después de Reyes, un paquete de té con frutas del bosque y estábamos acostumbrándonos a tomar esa infusión entre pérdidas de aros, desapariciones de unidosis y sospechas varias.

Los meses han ido pasando, el soporte de cartuchos duerme en un armario bajo la pica, la cafetera roja sigue sobre la nevera, y el artilugio negro sigue escondido en su escondite (bajo la falda de una muñeca, regalo de una paciente, y que es conocido por todos, pero que no hicimos extensivo al personal de la máquina). No se ha vuelto a perder, y lo usamos, cuando uno tiene el capricho de coger de su taquilla un cartucho a su gusto.

El té ahora nos espera en una tetera de vidrio, con su receptáculo de aluminio, todo de fácil limpieza. Cada día ponemos de un tipo de té, usando uno de rooibos algunas veces. Lo prepara el que baja primero, elige el tipo, y pone el calentador de agua en marcha. El aroma nos lleva por el pasillo hasta la mesa, donde reponemos ánimos, planificamos retoques de agenda y podemos ver cómo conviven sin problemas las tazas personales de té, con algún café de máquina, y, alguna vez, algún café intenso de la cafetera roja.

4 comentarios:

  1. Menudo despliegue de efectivos aromatizantes en el quehacer diario, con intriga detectivesca incluida.
    Una pasada, como todo lo tuyo, gracias, un abrazo.

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    1. Gracias Alfred. Es totalmente real. Llegando a ser, que la hora del café reanimador es ahora la de la multiculturalidad.
      Con predomino, por mayoría absoluta, del té en lugar del café.

      Las anécdotas, las risas, las prisas, el reacomodo de batas y de recogidos capilares...todo huele a vida y complicidad, y sabe a equipo.

      Un abrazo.

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  2. Son esos pequeños detalles de la vida cotidiana, los que nos dan la razón de ser, de continuar. Aromas, gestos e historias paralelas que rompen nuestra monotonía y nos hacen sentir personas, no simples empleados.
    Todo un mundo el laboral con su infinidad de personajes, cosas y que haceres

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    1. Es un alegato al espíritu de un equipo, del que me honra formar parte. Porque como le digo a Alfred es literalmente cierto.

      Recortes, crisis, ingresos menguados, tristezas y miserias...todo se afronta, se gestiona, se endereza, se endulza con la gran camaradería y el respeto mutuo por las diferencias.

      Nuestro mejor y más difícil quehacer es dar lo mejor de nosotros mismos, y en mi trabajo, lo conseguimos en equipo.

      Un abrazo cómplice, ya que entiendo que, como yo, valoras lo más valioso de una empresa: su capital humano.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.