En ese país se criticaba, primeramente, que todo el mundo quisiera ser propietario. Se decía que era ese endeudamiento a tantos años, y con tales precios, lo que había hecho que la gente no pudiera pagar las hipotecas cuando la crisis les llegó por sorpresa. Era evidente que los ciudadanos habían sido inconscientes, y había tirado del brazo más que de la manga. Habían vivido por encima de sus posibilidades, dijeron los expertos macroeconómicos. Cambiaron la lengua para llamar a los recortes, reformas imprescindible, a los desmantelamientos de servicios públicos equilibrio necesario presupuestario, a la reforma laboral que cortaba derechos, necesidad de competitividad, a la modificación de revalorización de pensiones, ventajas de que aunque el IPC fuera 0, los pensionistas cobrarían un 0,25 % de subida anual. Era fácil ofrecer un aliado lingüístico a falta de capacidad para ofrecer soluciones.
La gente, antes de la crisis, quería comprar, y no alquilar, como se hace, mayoritariamente, en otro
países europeos, dijeron. La gente, ya en plena crisis, quería tener un trabajo que les sacara del paro, y las cifras de desempleo empezaron a bajar, al ritmo menguante de los derechos laborales. Por supuesto, ahora que llegaba la burbuja a los precios del alquiler, dijeron que los insensatos son los que
alquilaron siendo cigarras y no quienes compraron en su momento, siendo hormigas.
El caso es que, de cualquier manera, en ese país se criticaba a los ciudadanos por querer tener una vivienda y un trabajo dignos. En realidad se les culpaba de todo cuando las cosas iban mal, y nadie consideraba el esfuerzo que hacían cuando las cosas empezaban a ir bien.
Como cada semana, Aníbal cruzaba la ciudad para encontrarse con ella. En las sobremesas hablaban de lo divino y lo humano, pero ese día Lucía no llegó. El polígono industrial ya no contaba con autobuses desde la parada de metro. Tampoco existía el bar de siempre. Los periódicos del día, en su sección de "Demandas", reclamaba empleos con sueldos que parecían de unos veinte años atrás. El siempre misterioso mundo de los sueños, se dijo. Luego un espejo le ofreció su imagen actual, la de un hombre de cuarenta, que había regresado a casa de los padres, con un contrato basura por todo ajuar.