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sábado, 5 de octubre de 2019

La playa de los sueños III

Imagen de Aguirrfotox


Este otoño me ha pasado algo muy curioso. Me ha rescatado del mar una mujer, en una playa de las Islas de las mujeres, frente  a Cancún. Ya decía yo que llevaba muchos días a la deriva, viendo cruceros que intentaba seguir por si llegaba a alguna isla del Egeo, pero parece que una corriente me ha llevado al Atlántico, vaya usted a saber por qué leyes físicas que ignoro. Entretanto me vi inmersa en una bolsa enorme de basura, donde he estado unos días. No entiendo cómo somos tan guarros. Junto a mí había botellas de pulque y de ron, de tequila, de lejía o de agua. He conseguido salir y seguir flotando pero no sé si lo soñé o una tortuga chocó con la madeja de basura, lo cierto es que de nuevo me veía a la deriva y acabé llegando a una playa.  

Sí, la playa parecía casi virgen, y me dio por pensar que nadie podría socorrerme. Volvería la marea y me regresaría al océano, pero no. Una mujer pensativa, con pamela rosa y un fular azul se fijó en mí. Me ha destapado, buscando un mensaje, estoy segura, y viendo que mi aspecto era de persona, diminuta, pero persona, ha vuelto a poner el tapón de corcho. Mi voz era acorde a mi tamaño, quiero pensar, porque no me ha escuchado cuando le pedía que me sacara de allí. Desde el océano la he visto sentarse en el  tronco de una palmera derrumbada y mirar hacia donde yo estaba. Parecía sonreír.

Hoy me encontré con un perro, en una lateral de la playa de Cancún. Me ha sujetado por el cuello de  la botella y pensé que me dejaría a los pies de alguien, pero ha golpeado la botella contra una roca y he salido, volviendo a mi tamaño normal. El pobre can estuvo un rato reponiéndose del susto. Desgreñado, y para mí que con .garrapatas, temblaba cuando he echado una mano adelante, por agradecer su gesto.

He llamado a mi casa, donde nadie me esperaba ya, y tengo reservado un vuelo para mañana. El veterinario  ha encontrado bien al chucho, que llamo Robinson, y le ha vacunado y confeccionado su "pasaporte canino". Me alojo en un hotel que acepta mascotas y, limpio ya, Robinson ha resultado un perro mezclado de mediano tamaño, con mirada inteligente y donaire en sus patas. Tiene cinco años, según han calculado por los dientes y sé que él sabrá ofrecerme lo que necesito. Mi mejor versión.      

jueves, 3 de octubre de 2019

Esperando el hatillo de otoño en jueves


Imagen del blog de Moli de Canyer
Siguiendo una iniciativa de Molí del canyer, la espera este es mi texto

Ando esperando el otoño aunque en el calendario ya estemos en él. Las hojas van tomando el color amarillo tibio que quiere virar a marrón. Los días se acortan, dejando las tardes huérfanas de paseos hasta la cena, de baños en el mar, de cervezas que llevarse a la boca cuando el fresco hace acto de presencia. Las noches, que se alargan, dejando el alma inquieta por más horas, a un Morfeo haciendo horas extras de día en día y a los recuerdos montando guardia, asomándose tras el quicio de la puerta.

Ando esperando las castañas y los boniatos, las setas y los homenajes a los muertos, las chaquetas de entretiempo y los dolores de huesos, que están al doblar de la esquina y nos atraparán en sus redes de otoño en la piel.

Por si acaso, he contratado el último crucero de la temporada, no sea que me pille la añoranza de unas tardes de clases que me saltaba, en las que arreglaba el mundo, y tenga que mirarme en el espejo del presente, con las arrugas creciendo, las fuerzas menguando, los dolores articulares en arrebato y las canas a su aire. Más vale prevenir, dicen, no sin razón.



miércoles, 2 de octubre de 2019

Catalina, qué grande

Imagen de Portalnet.cl


Ahora ya qué más me da. Haber pasado a la historia por hacer de Rusia un imperio inmenso, por mi pinacoteca en el palacio de verano, o por mi ardor sexual me da lo mismo a estas alturas. Quieren ignorar que fui monógama seriada pero no por mi voluntad sino por el desprecio de mi marido, un, al fin, alcoholizado Pedro III. Dicen otras almas en pena que se estrenará pronto una serie sobre mi persona, y estoy segura de que no entenderán, ni en siglo XXI que para mí el sexo fue amor en primera instancia, y relax cuando mi actividad política era intensa. Igual lo entienden de un hombre, pero desde luego, de una mujer no pueden entenderlo, y me duele. Les doy una pincelada de mi vida, y les digo qué mueble era sagrado para mí. Igual me ven como la estadista culta y coleccionista de arte que fui, quién sabe.

Mi suegra, Anna Petrovna , hija de Pedro I el Grande y de su segunda esposa, que él bautizó como Catalina I, tras haber hecho vida conyugal con ella y no son su primera esposa, no quería saber nada de Rusia. Su hijo, mi marido, sí tenía sangre Romanov, y su tía Isabel I, hija menor de Pedro, sin hijos y su gran delirio de grandeza, no podía dejar herederos, por más que fuese la zarina. La mejor manera de que un Romanov la siguiera en el trono era que regresase a Rusia su sobrino, casado con alguna noble alemana, que resulté ser yo.

Él tenía dieciséis años, y yo quince. Aprendí el ruso a una velocidad de vértigo. Me cambié de religión, y de nombre, tomando el de Catalina. Me empapé de conocimientos de la historia rusa y acepté enamorarme del joven que me habían destinado. Pero pasaban los meses y el matrimonio no se consumaba. No quería que le operaran de fimosis, pero de eso me enteré mucho más tarde.

Fogosa, ardiente, viciosa…hasta inventaron la leyenda de que fallecí por querer copular con un caballo, que hay que ser retorcido para inventarse esa barbaridad. Pero hoy quiero reivindicar otro mueble, que no de los eróticos que, en efecto, hice fabricar para mi habitación secreta. Secreta no, digamos que recogida. La silla del abuelo de mi marido, sí de Pedro I el Grande, ese hombretón de dos metros con miedo a los espacios abiertos. En el palacio de verano, en su despacho, es donde conservaba las pertenencias más preciadas, entre ellas el sillón de cinco patas.  En todas las crisis que tuve que lidiar, la solución me venía en su despacho, sentada en esa silla, mientras  reflexionaba, mirando los jardines, sobre las posibles alternativas y tomaba las decisiones más importantes. 

A mí no hay quien me quite de la cabeza de que, cuando ya gorda y mayor no pude sentarme en él, la decisión de aceptar a mi último amante salió rematadamente mal, precisamente por no haberlo reflexionado en ese sillón de pensar.





martes, 1 de octubre de 2019

Hatillo de primavera en flor.





Una noche me atrapó, sin luna ni sábana que me protegiera, y me dejó insomne, con la clara voluntad de regresar a mi mente instantes ya olvidados, caricias de otros tiempos, aromas de un pasado. Recopilé los versos que te hiciera,  los textos en penumbra que tu oscuridad susurraba en mi oído, el fular que me regalaste y los besos que pudimos cosechar.  Hice un hatillo. Quería quemarlo en una pira redentora, pero el fuego podía hipnotizar mis deseos de olvidar, de evaporar-te,  de borrar de mi vida la dicha de haberte amado, así que me conformé con hacer un nudo al pañuelo grande y depositarlo en la oscuridad del armario empotrado de mi dormitorio.

Tengo una fuga de agua en el lavabo. El técnico del seguro insistía ayer en que despejara el armario, de norte a sur de mis trastos, de este a oeste de mis cajas de zapatos. Esos que no sé si me podré volver a poner.  Esta noche he soñado contigo, se han escapado los besos  que nos dimos y los que quedaron congelados. Tus manos de azucena, con esos dedos de pianista a media voz,  volaban a mi cintura y a mi cuello, para luego martillear una teclas inexistentes sobre mi almohada. He escuchado el son que nos hiciera reír una tarde, mientras caminábamos, tomados de la mano, por la Avenida de los sueños. Ahí me he despertado y me he asomado al armario. 

El hatillo está abierto. Mientras buscaba el número de teléfono del técnico del seguro, para rogarle que viniera deprisa, porque la humedad del pasillo ha crecido de manera exponencial, he escuchado tus pasos y olido tu after shave. Me he derrumbado contra la pared, sonriendo, sonriéndote, una vez más. El sol llegaba tarde, se había retrasado con mi sueño, pero llegaba iluminando las ventanas del pasado, así que le he dejado preso con la persiana bajada hasta el final. He roto en mil pedazos los versos, dejándolos en el cubo de papel y cartón por reciclar. El fular yace en el suelo del lavabo, y luego irá al contenedor de ropa para pobres. Los besos no los encuentro, pero estarán por ahí, con las caricias de un ayer que no puede regresar. La primavera pasó, me digo, cuando el timbre de la puerta me indica que el técnico puede que arregle el desperfecto y todo vuelva a la normalidad.

Inspirado en Sandra, aunque no sé por qué.    

lunes, 30 de septiembre de 2019

Nunca es tarde



Ahora, cuando he encontrado a Luis, con sus canas y sus pequeñas manías, pero con esa ternura de la espera y el cariño, no puedo hacer otra cosa que huir. 

Me llaman loca. Mis amigas, las pocas que me ha dejado conservar, me dicen si estoy chalada, que si no será exponerme a que el bruto de Juan me parta la cara. 

Que no, que no aguanto más. Que ya se acabó. Que a mi cuerpo le faltan caricias de terciopelo, y a mis ojos una mirada de ser humano y no de fiera en celo, y a mis entrañas un varón que llene el vacío de mis noches y la sed de mi corazón de gata. Que no quiero más. Que ya no me resigno a que mi futuro sea más dosis de lo mismo. Que no quiero mírame un día en el espejo y pensar quién será la mujer hundida y mustia que no se atrevió a volar.  Si es que nunca me hizo feliz. Si es que me engañó su cara de chico bueno cuando decía controlarme porque me quería. Si es que ni en la luna de miel hubo miel o dulzura en sus manos. Que no aguanto su voz de cazalla y su olor a tabaco. Ni sus eructos. Ni sus gritos reclamando la cena. Ni sus burlas cuando me arreglo. Si es que estos años con él se me han hecho siglos. Si es que no quiero verle más mirando mis cosas. Si es que ya no soporto sus zarpas rasgando mis bragas, dejando arañazos en mi alma. Que no quiero más. Ni un minuto más.

Dicen las vecinas que la vieron con una maleta, camino del Metro, y que iba sonriendo, cosa desconocida en ella. Y que iba guapa, como arregladita para ir de boda, caminado airosa. como para comerse el mundo. 

Ante los niños, que se enteren de quién manda aquí. Siempre me he preguntado qué locura tienen que no se enteran que matando a su ex dejan a sus hijos sin nadie, porque él ha matado a la madre, pero él irá al cárcel.


sábado, 28 de septiembre de 2019

La playa de los sueños II


Llevo dos años en esta botella, desde la madrugada en la que me dormí en una playa llena de botellas con mensaje y cuando, sin saber cómo, me enceraron aquí. No me quejo, sin embargo, porque esta ausencia de libertad me ha proporcionado experiencias imposibles de imaginar. El primer día tenía una inquietud que no me dejaba respirar, pensaba que me faltaría el aire, en primer lugar, la comida o la posibilidad de evacuar en segundo lugar, y la imposibilidad de contactar con mi familia en tercer lugar. Intentaba respirar despacio y hacía cálculos del aire de mi botella, de mi prisión. Con los días entendí que no dormir, ni comer o beber no era un problema. Fue entonces cuando me pude disponer a dejarme llevar, por las mareas de este mar tan pequeño, con la tranquilidad de adoptar la serenidad y los ojos abiertos necesarios para este viaje por lo desconocido.

Calculo el tiempo con ayuda del sol y con hojas de periódico que se acercan a mi exterior. Sigo esperando que alguien me abra, destape el corcho, ahora amarillento, que constituye mi cielo, pero de momento no ha ocurrido. Han pasado cosas, sin embargo.

Una noche me encontraron una bandada de seis delfines. Cómo olvidar verles con sus formas  aerodinámicas, su aparente sonrisa sempiterna y sus ganas de jugar. Me usaron de pelota, y un poco más y me estrellan contra un barco varado ante una playa de Cerdeña. Pensé que iba a marearme, pero no, estaba casi ingrávida en el ascenso por el aire, luego un morro se acercaba de nuevo y me empujaba, sin que nada me molestara. Un rato muy agradable. Acabé en la orilla de Olbia, claro que llaman a esa zona “costa esmeralda”, sus aguas son cristalinas y esconden montones de   secretos, algunos de los cuales pude descifrar.  Allí estuve toda una noche, en invierno, y acabé por volver a estar mar adentro cuando un chaval que iba al colegio al día siguiente me tiró con fuerza, sin verme, a pesar de que yo hacía gestos de estar viva y coleando. Qué edad más bonita. Le había visto escribir un poema de amor a una chica. Por un momento pensé que ante mí, abriría mi botella para meterlo dentro, pero parece que hoy en día con internet, esta forma la deben considerar absurda, y ni se le pasó por la cabeza. Mi botella es verde oscuro, así que igual ni me vio.

Una primavera me pescó un pescador de calamares. Con esa luz cegadora me vi inmersa en un batiburrillo de tentáculos blancos. Sentí la fuerza de las manos el hombre tirando de la red, y ahí, en el paquete de acompañamientos de un buen arroz, iba yo. Bravo, pensé, este tipo me saca de la cárcel, pero no. Miraba el reloj con insistencia. Una lancha verde con sirena iba a su encuentro y nos lanzó, a los calamares y a mi, de nuevo mar adentro. Ellos estaban contentos, cantaban con alegría, era un jolgorio entre escapes de tinta, pero yo quedé flotando, como siempre, en el mar de los olvidos.

jueves, 26 de septiembre de 2019

La playa de los sueños

Imagen de Aguirrefotox


Las botellas seguían llegando, con cada ola, para aterrizar suavemente en la arena de la playa. Un cangrejo  vio, patidifuso, cómo un rodillo de vidrio le perseguía con saña mientras él, de costado, aceleraba, con pasión  de superviviente, su paseo matinal. La luna llena aún iluminaba la aurora, cuando empezaron a llegar, de dos en dos primero, de cinco en cinco después, grupos de botellas. Con cada ola llegaban, más y más, desde las entrañas del mar. La luna, aturdida, creyéndose beoda por el espectávulo creado,  decidió irse a la cama.

A las diez de la mañana no cabía ni una más. Toda la playa, del este al oeste de los sueños,  rebosaba de botellas. Muchas  transparentes, otras verdes, algunas  marrones y pocas, como inadaptadas, eran pequeñas y azules, pero todas contenían un mensaje dentro. Llegué a tiempo de ver cómo la última ola henchida de mensajes por abrir, lamía la arena. La quietud posterior me dejó ante un espectáculo absurdo. No podía caminar por la maraña de vidrio y declaraciones de amor, por entre llamadas de socorro añejas de tiempos de piratas. No podía deambular, sumergiendo mis pies entre cartas a los Reyes Magos y oraciones a un Dios con hipoacusia. El peso de tantas palabras con destinatario errado me abrumó. 

El sol debió de ser más intenso de lo que había supuesto, o llevaba muchas horas sin comer. No lo sé. Pero debí dormirme acunada por el arrullo del mar. Desperté de noche, sin hambre, y con la felicidad de saber que todos los mensajes habían llegado a su destino. Supe que el amor soñado había acudido al lado del amante, que el náufrago había sido recatado, que el camión de bomberos había llegado a los zapatos del niño y que Dios había escuchado y sanado a una madre moribunda.  Luego, una mano inmensa me sujetó por las axilas, para introducirme después  en un cilindro transparente y ahora vivo en el mar, con un tapón en mi cielo y esperando que la luna y el oleaje me  permitan llegar a la playa de tus sueños.

Cuántas  soledades encapsuladas, cuántos anhelos duermen, sin saber que al lado, sin tocarse, hay otras miles, formando un mar de gritos y soledades que no se oyen, por multitudes que nos rodeen.

La imagen de botellas con mensaje me la ha prestado Buscador. Gracias.

martes, 24 de septiembre de 2019

Redes del otoño

Imagen de Aguirrefotox


La vi llegar.  Vestía tejanos, ojos de verde aceituna, zapatillas negras y una rebeca azul. Corría, mirando atrás. La imaginé escapando de algún peligro, de alguien con malas intenciones, de unas sombras negras como el alquitrán.

Se sentó en el banco, respiraba alterada. Agachada la cabeza, los brazos sobre las rodillas, la mirada en el suelo. Levanté la vista de mi Vanguardia y no pude dejar de observarla. No puedo explicar lo que vi. De sus ojos  salían imágenes de un río con alameda, que no supe identificar, un patio con naranjos de una escuela, una playa con una barca azul y blanca. De su nariz resbalaban aromas, de arroz con leche, que llegó hasta mí, de salitre y algas, de colonia de hombre y de flor de  naranjas. De sus labios emanaban palabras, "yo también  te quiero", "mi niño hermoso", "hasta siempre"…de sus manos brotaban caricias, jabón La Toja, un anillo de boda, una amapola roja y luego un gato de angora. 

Las nubes se fueron tiñendo de gris y el aire de humedad fresca.  Me tiré el abrigo por los hombros y volví a mirar al banco con la mujer huida.   Regresé a mi  casa, con mi perra, y por el camino entendí. La nostalgia había acabado por  atraparla en sus redes de  otoño dorado.  La tela de araña que se gesta tras el verano, por esta vez, la había devorado.